Jean-François Chevrier: Bueno, la idea es repasar su
biografía intelectual desde comienzos de los sesenta. Guiándonos
por los textos que ha publicado y las distintas orientaciones que ha tomado
en su investigación, parece apropiado adoptar en este debate el
mismo orden cronológico que utilizamos en el libro*, y quizás
articularlo de una forma más definida. Comenzamos en 1989 y de allí
nos trasladamos a 1945 y el periodo inmediato de posguerra. Después,
a medida que nos acercamos al presente, nos concentramos en dos de los
momentos decisivos en la cultura contemporánea: 1967 y 1978. Según
se desarrolle el debate, esperamos poder explorar el potencial crítico
de la actividad artística dentro del actual contexto de la globalización,
un potencial que se percibía con fuerza en los sesenta, década
en que comienza su biografía intelectual.
Benjamin Buchloh: Entre 1963 y 1969, después de los primeros
semestres que pasé estudiando literatura en las universidades de
Colonia y Munich, viví en Berlín Occidental. En aquella época
había una enorme diferencia entre Alemania Occidental y Berlín
Occidental, una diferencia casi incomprensible hoy en día. La ciudad
era una entidad aislada, gobernada por los aliados, financiada por el gobierno
de Alemania Occidental y con una débil infraestructura económica
propia. El perfil de la población era también bastante atípico,
con un 65% de ancianos viviendo de la jubilación y un 35% de jóvenes
menores de treinta años, muchos de los cuales habían venido
para eludir el servicio militar o, sencillamente, porque las condiciones
de vida eran mucho más fáciles. Durante los sesenta, Berlín
era una especie de isla bohemia. El principio de realidad económico
y social era débil comparado con el de Alemania Occidental, donde
el milagro económico había fortalecido las fuerzas rectoras
de maximización de beneficios y consumo como compensación.
A juzgar por el estilo de vida bohemio que se llevaba en Berlín,
sería lógico pensar que la producción artística
estaba muy desarollada pero, paradójicamente, lo cierto es que no
estaba pasando casi nada en ese terreno.
Jean-François Chevrier: ¿Quizás porque el
modelo de bohemia decimonónico ya estaba desfasado?
Benjamin Buchloh: Exactamente. Lo que estaba pasando en el mundo
el arte estaba totalmente desligado de los modelos internacionales de posguerra,
y de los patrones de cultura vanguardista que se habían desarrollado
en Alemania antes de la guerra. La influencia de una figura como la de
Yves Klein, o la conexión entre Dusseldorf y París... Todo
aquello pasaba desapercibido en Berlín. Pero sí se creó
un movimiento alrededor de la escuela de cine, fundada en el 67 o en el
68 por Erwin Leiser, que había emigrado a Suecia y al regresar hizo
la primera película alemana de relevancia sobre el Mein Kampf
de Hitler. A finales de los sesenta surgió de la escuela
toda una generación de cineastas: Harun Farocki, Daniei Schmid,
Holger Meins y Hartmut Bitomsli, entre otros.
Jean-François Chevrier: Hoy en día parece que a
Berlín le resulta difícil encontrar su lugar en Alemania,
Europa y el mundo.
Benjamin Buchloh: No sólo a esos tres niveles, sino también
en la dimensión filosófica y teórica. La ciudad no
sólo tiene un fuerte vínculo con la historia del fascismo
alemán, sino que además tiene el difícil legado del
marxismo europeo, una herencia de la que ahora muchos querrían librarse...
Es evidente que hay muchos temas a los que hacer frente derivados del pasado
fascista de Berlín, pero también queda mucho trabajo por
hacer con respecto a la historia de la izquierda en la ciudad. Al fin y
al cabo, la ciudad, con su reencarnación en la posguerra como Berlín
Oriental, constituye el capítulo de mayor represión del comunismo
estalinista alemán.
Jean-François Chevrier: Usted descubrió el marxismo
en Berlín. Imagino que la dimensión política no seguía
el ritmo de las vanguardias artísticas.
Benjamin Buchloh: Viniendo de las universidades de Munich y Colonia,
donde había cursado mis primeros semestres de historia del arte
y literatura alemana, hasta entonces había tenido poco contacto
con la teoría o la cultura marxistas. En los años sesenta,
no era extraño que antiguos nazis impartieran clases de historia
del arte. Mis primeros estudios los realicé con dos de estos antiguos
nazis, el medievalista Heinz Ladendorf en Colonia y el vienés Hans
Sedlmayr en Munich, que era uno de los más feroces enemigos del
arte contemporáneo y del siglo veinte. Mi introducción al
pensamiento marxista no se produjo hasta después de mi llegada a
Berlín, cuando leí El principio esperanza de Ernst
Bloch, que acababa de cruzar del este al oeste, de Leipzig a Tubingen.
Bloch se convirtió así en una figura central que tendía
un puente entre el periodo de preguerra y el de posguerra, permitiéndole
a uno identificarse con una tradición filosófica alemana
de antes de la guerra, anterior al fascismo e independiente de él.
Representaba una tendencia dentro de una cultura izquierdista alemana que
no sólo había sido prácticamente eliminada por el
fascismo, sino también por la represión del pensamiento de
izquierdas de posguerra (había unas pocas excepciones sin demasiada
repercusión, como el cambio de posición en el partido comunista
y el movimiento antinuclear). Además, Bloch también representaba
un modelo no estalinista del pensamiento marxista. Su misticismo y su proximidad
al Expresionismo alemán lo convirtieron en una figura particularmente
atractiva en aquella época. Tras leer a Bloch leí Minima
Moralia de Theodor Adorno, después a Walter Benjamin,
después a Herbert Marcuse, que vino a Berlín varias veces
a finales de los sesenta y tuvo una gran influencia en Alemania. Evidentemente
las posiciones de estos cuatro pensadores no se pueden conciliar ni sintetizar,
pero ésa misma fue una de las paradojas a las que nos enfrentábamos
a principios de los sesenta al redescubrir el pensamiento judeomarxista,
alemán y europeo.
Jean-François Chevrier: Al mismo tiempo, en Francia se
staba volviendo a Freud de la mano de Lacan, y a Marx con Althusser. Fue
una vuelta a los textos: El Capital, los Grundrisse... Para
usted, ¿hubo un retorno similar al texto en su obra? ¿Hay
en su obra algún rastro de Althusser o de Gramsci?
Benjamin Buchloh: No puedo hablar por el movimiento estudiantil
alemán de los sesenta, probablemente yo estaba algo aislado porque
me interesaban más las cuestiones artísticas que las políticas
o ideológicas. El caso es que nunca oí el nombre de Althusser
en el Berlín de los sesenta. Lo descubrí mucho más
tarde, en América. Lo mismo pasó con Gramsci, pero eso probablemente
se debió a mi propia ignorancia; estoy seguro de que algunos representantes
de la izquierda alemana conocían muy bien a Gramsci. Por el contrario,
Althusser, así como todo el movimiento estructuralista y postestructuralista
con el que se le podría asociar eran relativamente desconocidos
para los redescubridores del marxismo en la Alemania de la época.
Yo, por ejemplo, no leí Mitologías de Barthes antes
de 1972, año en el que volví a Alemania Occidental. El regreso
a Freud en Berlín se produjo a través de Marcuse y del redescubrimiento
de Wilhelm Reich.
Jean-François Chevrier: ¿Cuál fue la importancia
del libro de Margarete y Alexander Mitscherlich, Inability to Mourn?
Benjamin Buchloh: Fue un libro muy importante y muy leído,
que se publicó en 1967, sin duda alguna es un ejemplo temprano de
la reintegración de la teoría freudiana en el pensamiento
cultural alemán de posguerra.
Jean-François Chevrier: Más que cualquier otro
europeo, un alemán debería poder integrar el pensamiento
de Freud en el análisis de la historia, dado que lo acontecido en
el periodo de entre guerras y la psicología de masas del Nazismo
no pueden comprenderse si no es a través de Freud. Pero quiero hacer
referencia a lo que se ha llamado freudomarxismo. En Francia, Marcuse
era muy importante entre los estudiantes, pero, al contrario que en otros
países, no lo era tanto para los intelectuales radicales, ya que
representaba una mezcla que tanto los seguidores de Althusser como los
de Lacan rechazaban en nombre del retorno puro a los textos de Marx y Freud
que defendían. ¿Cuál era la situación en Alemania?
Catherine David: El miedo a lo irracional siempre sale a relucir
cuando hay discrepancias entre el pensamiento alemán y el francés,
por ejemplo cuando se menciona a Derrida. ¿No hay una especie de
pánico en Alemania desde 1945 ante cualquier cosa que no sea tecnoinstrumental?
Freud ha sido reprimido hasta tal punto que apenas si existe una escuela
alemana de psicoanálisis.
Benjamin Buchloh: Entre 1933 y 1945 se aniquiló toda una
cultura psicoanalítica, y la reestructuración fascista de
la ciencia tuvo consecuencias enormes, entre otras una profunda falta de
confianza en el psicoanálisis. Pero también queda una gran
variedad de diferencias por explorar. Para los estudiantes de los años
sesenta, el freudomarxismo era, si no una revolución puesta en práctica,
sí una teoría de la revolución. Mientras tanto, para
los franceses de la época la fusión de Freud y Marx en la
obra de un autor como Althusser parecía haberse convertido en una
teoría de la textualidad y una crítica de lo ideológico.
Jean-François Chevrier: Estos cambios también guardan
relación con el Partido Comunista francés que se dio cuenta
de que había perdido una gran oportunidad al no unirse al movimiento
estudiantil y a las espontáneas protestas de masas de finales de
los sesenta, y a principios de los setenta entró en una fase de
renovación abriendo sus puertas a los intelectuales; yo procedo
de este ámbito. Esta apertura dio lugar a la «nueva crítica»
alrededor de 1974-75, con Etienne Balibar, Pierre Macherey, Althusser.
En Alemania el freudomarxismo no se podía relacionar con un partido,
al contrario que en Francia, gracias al eje principal que era la figura
de Althusser, que fue una influencia esencial también para Foucault.
Por desgracia el freudomarxismo fue un movimiento exclsivamente parisino
hasta que se extinguió en 1978.
Benjamin Buchloh: La idea de que se puede transformar radicalmente
la conciencia del sujeto a través de una crítica de la textualidad
es un modelo francés, y no funcionaba en Alemania, donde el pensamiento
seguía centrándose en cuestiones referentes a la política
de clases, a la transformación de las instituciones o a la transformación
de la conciencia de lo cotidiano. Marcuse tuvo considerable influencia
en esta interpretación, y al reflexionar ahora sobre ella, la lectura
de Freud surgida de Marcuse y de Reich me parece característicamente
alemana. Esta lectura desarrolla una noción de liberación
sexual un tanto simplista y que es ajena al pensamiento estructuralista
francés. El redescubrimiento de Reich en Alemania hizo posible una
lectura más radical de Freud.
Catherine David: Echo de menos un nombre: el de Heidegger tal
como lo reinterpretaron Derrida y Foucault, y también el de Nietzsche
revisado por Deleuze.
Benjamin Buchloh: Esas son las dos grandes lagunas de mi formación
intelectual. Yo leí muy pronto La ideología como lenguaje
de Adorno, lo que me predispuso a mantener una distancia crítica
con la obra de Heidegger. He de confesar que más tarde, cuando intenté
leer su obra de nuevo, no lo conseguí, del mismo modo que nunca
he aprendido a escuchar a Wagner. De hecho, me pasa lo mismo con las grandes
retrospectivas de la obra de Joseph Beuys, a las que siempre acudo con
la intención de convencerme de que es un gran artista del periodo
de posguerra, pero aún no he conseguido reconocer la importancia
de ninguno de ellos.
Jean-François Chevrier: Está hablando de un contexto
político disociado de lo artístico, entre 1963 y 1969 en
Berlín. ¿Cómo se podría describir con más
exactitud esta disociación?
Benjamin Buchloh: La Nueva Izquierda alemana de los sesenta sospechaba
que los productos culturales de la nueva vanguardia no eran más
que el resultado de los intereses de mercado y que su única función
era llenar museos y casas de lujosos artículos de consumo y legitimar
el neocapitalismo de posguerra. Todo producto cultural era considerado
reaccionario, conformista por definición (por ejemplo, Warhol),
y parte integrante del sistema. Esta postura, articulada en la obra Teoría
de la vanguardia, escrita en 1972 por Peter Burger, la compartía
Guy Debord. El libro de Burger muestra un conocimiento nulo de la práctica
artística contemporánea. En esto se parece a la falsificación
de la modernidad perpetrada por Lukács, otra figura central de los
redescubrimientos de los años sesenta que se me olvidó mencionar
antes.
Jean-François Chevrier: ¿Cuál era su postura
en aquella época?
Benjamin Buchloh: Más o menos la misma, por lo menos hasta
1971.
Jean-François Chevrier: ¿Cómo podía
mantener esa opinión tras haber vivido en Colonia?
Benjamin Buchloh: Era algo muy contradictorio. En Colonia ya
había tenido algún contacto con la práctica cultural
de la época: vi algunas de las performances de Fluxus en
la Galería Parnass de Jahrling en Wuppertal, fui al Festival Fluxus
Fluxorum de Dusseldorf, y en ocasiones iba a conciertos en Colonia de Luigi
Nono, Maurizio Kagel, Karlheinz Stockhausen y otros. También vi
exposiciones de Daniel Spoerri, Cy Twombly y Christo. Los Nouveau Réalistes
fueron muy importantes para mí en aquella época. Llegaron
a Colonia y a Dusseldorf tres o cuatro años antes de que llegara
el pop. Aunque los dos movimientos llegaron a Nueva York a la vez, el pop
no llegó a Berlín hasta 1968, con una exposición que
venía de Amsterdam. Arman era una figura principal del Nouveau Réalisme,
como cuando dinamitó el MG de Charles Wilp, obra que más
tarde tituló La orquídea blanca. En aquella época
Arman me parecía más agresivo que los americanos, más
radical que Rauschenberg. Mi fascinación con Spoerri constituyó
también mi primer redescubrimiento de Duchamp, cuyo legado había
estado ausente de la Alemania de posguerra, así como del resto de
Euroa. Pero no era muy distinto en otros países.
Jean-François Chevrier: Incluso en Francia, Duchamp fue
redescubierto a través de los Nouveau Réalistes... Para los
franceses Duchamp siguió siendo una figura del surrealismo dadaísta.
Todo se canalizaba a través de Breton, del que Duchamp fue muy amigo
hasta su muerte en 1966. En Francia, el dadaísmo se redescubrió
a través del surrealismo, y en ámbitos más marginales
a través de la Internationale lettriste, que derivó
hacia el situacionismo. Pero cuéntenos qué pasó en
Alemania.
Benjamin Buchloh: El surrealismo continuó reprimido, prácticamente
desconocido hasta finales de los sesenta. El dadaísmo se presentó
por primera vez en una exposición de 1956, que para mí constituyó
una revelación extraordinaria, aunque aislada.
Jean-François Chevrier: Ha dicho que la escuela de cine
se convirtió en el ámbito cultural más vibrante de
Berlín desde 1967. Desde el punto de vista de un estudiante que
rechazaba el arte de la nueva vanguardia, ¿consideraba más
interesante el cine que las artes plásticas? ¿Lo consideraba
un verdadero arte popular, a diferencia de las burguesas bellas artes?
Benjamin Buchloh: El cine parecía una posible alternativa,
pero yo no lo expresaría tan taxativamente como lo ha hecho usted.
No tenía una relación cercana con la escuela de cine, pero
conocí a gente que trabajaba en ella y vi cine de vanguardia porque
había una filmoteca muy buena. Mi interés por el cine no
estaba directamente relacionado con mi interés por las artes plásticas.
La primera vez que vi cine soviético fue en Berlín, así
como la primera vez que vi las películas de Daniele Huillet y Jean-Marie
Straub, las primeras de Warhol, en concreto Chelsea Girls, y el
primer largometraje de Werner Schroeter, Eika Katappa, que se estrenó
en 1969. Fue un gran descubrimiento que tuvo un enorme efecto en mí.
Casi me separó de toda actividad política, porque respondía
a mis dudas sobre qué podía ser una práctica cultural
contemporánea convincente en Alemania... En aquel entonces mi forma
de pensar no era sistemática y pensé que si se podían
conseguir cosas así en el cine, este medio debía por fuerza
ser más importante que la pintura.
Jean-François Chevrier: ¿Relacionó el cine
con el teatro? Lo pregunto porque la tradición de Brecht todavía
seguía viva y la relación cine/teatro había sido muy
importante en la cultura de Weimar.
Benjamin Buchloh: No estaba muy involucrado en la cultura teatral,
aunque sí iba con regularidad al Teatro Brecht, pero era como visitar
un museo, sobre todo porque su yerno, Ekkehard Schall, mantenía
intactas las producciones de los clásicos brechtianos. Iba con menos
frecuencia a los teatros de vanguardia como el Theater am Halleschen Upfer
o el Volksbuhne, que montaban obras de teatro contemporáneo. Lo
que sí vi fue la mayoría de las producciones del Living Theater
durante el año que permanecieron en Berlín. Fue toda una
revelación ver sus obras, que ofrecían, otra vez, una nueva
definición de una cultura contemporánea convincente.
Jean-François Chevrier: Estoy seguro de que las creaciones
más radicales del teatro de finales de los sesenta surgieron de
la órbita del Living Theater. Yo me lo perdí porque era demasiado
joven, pero estaba en Lyon en la época en que había un intenso
ambiente de creación teatral con Chéreau, Maréchal,
Planchon, etc. Me intriga profundamente la importancia del teatro popular
francés. Antoine Vitez mantuvo el mismo espíritu hasta entrados
los setenta. Es una idea que se desarrolló en la posguerra en torno
a la figura de Jean Vilar. Barthes, muy cercano a Bernard Dort, tuvo esa
misma idea como punto de partida: la de un arte para el pueblo, pueblo
en el sentido decimonónico de la palabra. Por supuesto también
guardaba relación con el Partido Comunista, ya que Vilar era comunista.
¿Esta idea también existía para usted en Alemania?
Benjamin Buchloh: En los sesenta no era consciente de esa posibilidad.
or supuesto, existía una tradición de teatro popular heredada
del periodo de Weimar, pero se convirtió en una tradición
completamente inaccesible después de la guerra, tanto para mí
como para las personas con las que me relacionaba. La cuestión es
si la naturaleza del público alemán, y como consecuencia
su teorización, se transformaron durante los sesenta: ¿era
un público popular o un público creado por la industria cultural?
En Francia e Italia continuaba surgiendo un público popular, mientras
que en Alemania, y sin duda en EE.UU., la cultura de masas había
perdido toda credibilidad con el fascismo.
Jean-François Chevrier: En lo fundamental creo que tiene
razón, pero vale la pena detenernos a analizar este tema tan complejo.
Ha dicho que visitar el Teatro Brecht era como visitar un museo, y sin
embargo, este teatro siguió funcionando con la expresión
popular como premisa incluso después de la muerte de Brecht en 1956.
La cultura de Alemania Oriental se entendía de un modo muy diferente
a como se interpretaba la de Alemania Occidental.
Benjamin Buchloh: Sí, pero no era una cultura popular.
El 17 de junio de 1953 se produjo un grave enfrentamiento entre el pueblo
y las autoridades estalinistas de Berlín Oriental. La postura de
Brecht ante este incidente fue totalmente inaceptable ya que lo desdeñó
calificándolo como una revuelta del Lumpen. La cultura de
izquierdas de Alemania del Este era una cultura estatal oficial. En Occidente,
por otro lado, las documentas y eventos similares no hacen sino reconstruir
la cultura de las élites burguesas.
Jean-François Chevrier: Creo que es necesario establecer
con claridad la diferencia entre la apropiación de la idea de «pueblo»
como entidad nacional, a través de la idea del Volk, y otra
idea más experimental que, en último término, no está
haciendo referencia a una entidad única sino a minorías.
Deleuze habla de «pueblo» en esta segunda acepción cuando
afirma «pueblo es aquello a lo que algo le falta». Entonces,
uno se puede preguntar si la importancia del pueblo como Volk, no
surgió de un afán de experimentación del teatro alemán
del siglo XIX y en particular Hölderlin, inspirado por la revelación
que supuso para los intelectuales alemanes la Revolución Francesa.
¿No es esta experimentación algo demasiado complejo para
ser reducido a la idea que del Volk se tenía en los años
cincuenta y sesenta y sobre la que tantas sospechas se cernían?
¿No es aquel mismo espíritu el que intentaron resucitar algunos
representantes del joven teatro y también el joven cine alemán
de aquella época? Me refiero a Fassbinder que, en sus trabajos de
colaboración con Kluge, hace patente una preocupación por
el restablecimiento de un cine popular. Además Kluge provenía
del teatro, lo que apoya mi tesis.
Benjamin Buchloh: Mencionar a Hölderlin en este contexto
me parece problemático. El único que intentó reintegrar
a Hölderlin en este espíritu fue Heidegger, y sus teorías
sobre el pueblo tienden al fascismo. Por el contrario, la tradición
marxista, al hablar de la colectividad con referencia a la clase, se mantiene
claramente alejado de toda referencia a la idea de pueblo. Creo que es
esencial subrayar la dicotomía Volk-proletariado. Tan pronto
como se acepta el término Volk, se está pasando a
una forma de pensamiento mítico, mientras que si se acepta el término
proletariado lo que se plantea es la lucha de clases. A esto se
refería Tonniesi con la distinción que establecía
entre Gemeinschaft y Gesellschaft en los años veinte.
Es necesario distinguir entre la concepción mítica del pueblo
y la idea sociológica de la colectividad. Aunque se utilizaban
los términos Volksbühne y Volkstheater con respecto
al teatro de Erwin Piscator, en realidad éste se concebía
como un teatro para el proletariado y no para el pueblo como totalidad.
Jean-François Chevrier: Aun así no puedo evitar
pensar que las carencias del pueblo generan un proceso experimenal de reconstitución
cuyo foco artístico pasa a centrarse en las minorías en los
años cincuenta y sesenta. Hay ecos de este proceso experimental
en el romanticismo del siglo XIX. También percibo que es en el periodo
entre 1968 y 1970 cuando se acentúa más esa atención
a las minorías, precisamente en la misma época en que el
trabajo de Fassbinder empieza a cobrar importancia en Alemania. Pero volvamos
brevemente a su biografía intelectual. Usted volvió a Colonia
en 1971.
Benjamin Buchloh: Había pasado dos años bastante
improductivos en Londres, donde intenté dedicarme a escribir. Al
regresar, un viejo amigo del colegio, el antropólogo Mark Oppitz,
me presentó a Fritz Heubach, que en aquel entonces era el editor
de la revista Interfunktionen. Yo había empezado a trabajar
para Rudolf Zwirner hacia 1972, y fue entonces cuando viajé a Estados
Unidos por primera vez. Fui directo al Philadelphia Museum of Art para
ver la colección Arensberg y en particular el Etant donnés,
porque para entonces ya me había convertido más o menos en
un seguidor de Duchamp. Organicé varias exposiciones para Zwirner
entre 1972-73 con obras de gente muy dispar, desde Richard Tuttle y Dan
Graham a Gerhard Richter y Marcel Broodthaers. Conocí a Broodthaers
en 1972, año en que expuso Section des Figures en Dusseldorf.
Heubach abandonó la revista Interfunktionen en 1973, y yo
tomé el relevo. Parecía que me ofrecía la oportunidad
de intervenir de un modo más directo. Detecté en algunos
aspectos del arte conceptual, en particular en el trabajo de Graham, Daniel
Buren, Broodthaers, y Lawrence Weiner, una capacidad para transformar radicalmente
las artes plásticas con un trasfondo político. Si Heubach
se había concentrado en Beuys, Buren y Broodthaers se convirtieron
para mí en figuras cada vez más importantes, que representaban
una síntesis efectiva de lo político y lo cultural. Leer
Limite cotique de Buren confirmó mi idea de que era
posible incorporar a las prácticas artísticas contemporáneas
algunas perspectivas marxistas que me habían interesado en los sesenta.
Esto puede ser difícil de comprender teniendo en cuenta la trayectoria
artística que ha seguido Buren después, pero en aquella época
aún parecía posible. Desde luego hubo mucha ingenuidad por
mi parte, tanto hacia el mundo del arte y los procesos de recepción
como hacia esas manifestaciones artísticas que, de hecho, estaban
a punto de integrarse en el marco cultural institucional, a pesar de que
estos artistas aseguraban o creían operar fuera de ese marco. Los
años de 1968 a 1972 fueron un periodo de gran optimismo durante
el cual el arte conceptual se asociaba con la posibilidad de crear una
crítica radical capaz de transformar la situación. Lo interesante
es que Heudach percibía a Beuys de un modo muy similar, como un
elemento radical de transformación social y política, y no
como el productor de la nueva mitología cultural alemana.
Conseguí mi primer puesto docente en 1975, en la Dusseldorf Academy,
donde enseñaba historia del arte contemporáneo. Me pagaban
poco porque aún no había obtenido mi doctorado en historia
del arte. Daba clase a una joven generación de estudiantes tan ávidos
de aprender teoría cultural como interesados en un conocimiento
y una interpretación más especializados del arte de los sesenta
y setenta en Europa y América. Hay que tener en cuenta que por aquel
entonces en Alemania no había oportunidad de estudiar historia del
arte del siglo XX, y mucho menos historia del arte contemporáneo,
si exceptuamos las clases que impartía Max Imdahl en Bochum. Di
clase durante dos años en Dusseldorf a algunos de los alumnos de
Gerhard Richter, Bernd Becher y Klaus Rinke. Todos se han convertido en
gente bastante conocida: Thomas Schutte, Thomas Struth, Isa Genzken, Reinhard
Mucha, Klingelholler, Ulrich Look y Martin Hentschel, que, en aquella época,
aún ambicionaban convertirse en artistas, etc. Viví intensamente
la enseñanza, pero el historiador del arte que sentaba las pautas
en la academia, Werner Spiss, que se especializaba en la obra de Max Ernst
desde una perspectiva conservadora, era tan aprensivo con respecto al arte
contemporáneo como lo era con respecto al pensamiento crítico.
Como consecuencia de esto, truncó mi ascenso a un cargo más
importante, aunque varios miembros del claustro de profesores y muchos
alumnos me habían recomendado. Tras dos años y medio en la
Dusseldorf Academy, me ofrecieron un puesto en el Nova Scotia College of
Art and Design de Halifax. Me fui en 1977.
Jean-François Chevrier: ¿Podría hablarnos
más acerca de su opinión sobre la historia y la función
de las revistas? Todas las vanguardias del siglo XX cristalizaron alrededor
de alguna revista, y los artistas conceptuales trabajaban mucho para las
páginas impresas. Según usted, ¿qué distinguía
la obra crítica de la artística? ¿Se formó
una zona de hibridación, donde se mezclaban los papeles desempeñados
por cada una?
Benjamin Buchloh: Una de las intenciones de Fritz Heubach era
concebir la revista no sólo como instrumento de distribución,
sino también de participación. Ya en 1968, alrededor de la
documenta 4, la revista se entendía como una herramienta de intervención.
También me interesaba mucho el intento del conceptualismo de acabar
con la categoría de objeto artístico y redefinir el método
de intervención artística dentro del marco de textualidad
y distribución impresa que facilitaba la revista Interfunktionen.
Veía las revistas como una prolongación de la posturas políticas
con fines culturales. Algunos artistas, como Haacke y Broodthaers, que
ya habían publicado cosas en Interfunktionen antes de que
yo me ocupase de la revista, parecían estar involucrados en proyectos
similares. Éste era, sin duda, también el caso de Buren en
aquella época. Aunque no se estudiasen sistemáticamente,
las referencias a la función de las revistas en la historia de la
vanguardia estaban latentes. Éramos conscientes de que hasta cierto
punto era posible articular la crítica y el ejercicio artístico
de vanguardia por medio de la creación de una revista cuya política
fuese la de publicar sólo contribuciones de artistas que fuesen
originales. La ingenuidad radical del arte conceptual radica en el espejismo
de que la transformación de la obra de arte en una intervención
lingüística y textual provocaría forzosamente un aumento
del número de lectores, y un aumento de la politización de
las manifestaciones culturales. Se trataba de una puesta al día
ingenua del ensayo de Walter Benjamin sobre la reproducción mecánica,
cuyo impacto había sido extraordinario. Durante unos años
algunos alemanes creímos, de modo un tanto optimista, que ciertas
formas de arte contemporáneo podían transformar el pensamiento
social. No sé en Francia, pero desde luego, en Italia, hasta 1977,
se tenían ilusiones parecidas, con el establecimiento del arte
povera y las actividades de Lotta continua.
Jean-François Chevrier: Para mí fue una crisis
positiva, dado que la crítica no puede existir sin un ámbito
de crisis. Lo que destaca de este periodo es que el modelo revolucionario
no era único ni exclusivo. Había algunos proyectos alternativos
menos rígidos que el modelo marxista-leninista que había
operado hasta entonces. En 1967 empezó la crisis del modelo productivista
y de la ideología del progreso como crecimiento continuo. Ese modelo
se había establecido después de la guerra y se mantuvo durante
el periodo de treinta años conocido en Francia como los Trente
Glorieuses (1945-1975). Pero los problemas surgidos del embargo de
petróleo en 1973 ya estaban latentes a finales de los sesenta. Esa
crisis del modelo productivista generó una amplia variedad de alternativas
sociales para la emancipación, especialmente a través de
la noción de la identidad de las minorías, pero, por supuesto,
la idea marxista de una identidad social que lo abarcaba todo seguía
vigente también. Los movimientos de minorías se inspiraban,
en diversos grados, en esta idea marxista. Por todo ello 1967 es una fecha
iportante en la cronología que hemos establecido en nuestro libro.
Con relación a las posibilidades críticas que emanaban
de este ámbito de crisis, me gustaría hablar del valor de
uso, en particular dentro del marco de revistas como Interfunkhonen.
El valor de uso es un concepto marxista que se reelaboró en aquella
época junto con otros conceptos como el fetichismo de la mercancía,
que era central al pensamiento antiobjetivista del arte conceptual.
Benjamin Buchloh: Objeto, escóndete, como dijo Mario Merz.
Jean-François Chevrier: "Gold Assay", el texto de Adorno
en Minima Moralia sobre la falsedad del concepto de lo genuino y
lo auténtico, es muy instructivo, y concluye hablando del fetichismo
de la mercancía, tras introducir la gran crítica a Heidegger
que desarrollará más tarde...
Benjamin Buchloh: Sí, el título francés
de la crítica a Heidegger es Jargon de lauthenticité...
Jean-François Chevrier: El texto de 1945 ya planta la
simiente de esa crítica y expone claramente los conceptos marxistas
del fetichismo de la mercancía en un lenguaje derivado de Benjamin.
Se puede apreciar cómo la crítica de la mercancía
en los setenta era también una crítica del humanismo burgués,
al menos para Adorno. Pero, volvamos al valor de uso. Marx, si le entiendo
correctamente, nunca separó el valor de uso del valor de cambio.
A veces me da la sensación de que la utopía de la época
de la que estamos hablando consistía en querer separarlos. Las revistas,
por ejemplo, son medios de comunicación, y como tal suponen un intercambio:
pero existía la idea de transformar el valor de cambio en valor
de uso.
Benjamin Buchloh: Sí, de hecho es más o menos así
como yo lo veo. Wolfgang Pohrt publicó en Alemania un libro muy
importante, pero relativamente poco conocido, llamado Theorie des Gebreatsworts
(Teoría del valor de uso). También fue una pieza clave
Kritik der Warenasthetik (Crítica de la estética de
la mercancía) de Wolfgang Fritz Haug, que más tarde se convertiría
en catedrático de ciencias políticas en Berlín. Por
ejemplo, el texto principal de la documenta 5 lo redactó Hans Heinz
Holz, que intenta, sin mucho éxito, aplicar las teorías de
Haug al ejercicio del arte contemporáneo. El arte conceptual claramente
intentó transformarse, no en valor de uso sin más, sino en
valor de comunicación. Pensemos en una obra como Schema de
Graham, cuya reducción al elemento lingüístico constituye
no sólo la red de información en su texto, sino también
la infraestructura de distribución comercial... Yo realmente percibía
cómo la obra de este tipo, de artistas como Graham y Weiner, al
referirse a sus propios elementos, se condensaba para convertirse en puro
valor comunicativo. Esta idealización de la información pura
era muy característica de la época. La teorización
que se hizo de la fotografía en el ámbito conceptual, por
ejemplo en la obra de Douglas Huebler, se basa en la idea de que la información
pura no depende de ninguna convención fotográfica ni pictórica.
Se supone que el espectador o el lector no necesita poseer conocimientos
previos o exclusivos porque la obra, como información, es accesible
directamente tanto a nivel de distribución material (por ejemplo
en forma de catálogos, páginas impresas, carteles, revistas)
como a nivel de lectura espontánea.
Jean-François Chevrier: La pureza de procedimiento debía
provocar la autonomía del valor de uso. Huebler es muy explícito
en este sentido: una vez que el procedimiento está claro, cualquiera
puede llevarlo a cabo. Un artista produce modelos, métodos que se
pueden utilizar para anular la división entre autor y receptor.
Sólo hay productores que no son consumidores. ¡Es muy idealista!
Benjamin Buchloh: ¡Especialmente viniendo de un marxista!
Catherine David: ¿Se puede realmente considerar marxistas
a Douglas Huebler o a Lawrence Weiner?
Jean-François Chevrier: Seguramente no, pero mi pregunta
se dirige a Benjamin Buchloh usted se tomó la molestia de adquirir
una cultura marxista, y en sus escritos, especialmente en «Moments
of History», habla acerca del valor de uso. Incluso se podría
decir que el valor de uso se ha convertido en un fetiche. Si insisto en
este punto es porque, hoy en día, existen muchos artistas que reproducen
esta transformación en fetiche: sueñan con procedimientos
y debates, y se olvidan de que un debate necesita una relación situada
históricamente, en un contexto de características determinadas.
Hoy en día existe la creencia de que el procedimiento es autónomo,
es una nueva clase de formalismo.
Benjamin Buchloh: Pero no estoy seguro de que se les pueda reprochar
eso a los artistas. Tu interpretación es correcta, pero, en Buren,
por ejemplo, no hay señales de esa ingenuidad porque tiene en cuenta
desde el principio el marco, las condiciones de distribución, de
institucionalización.
Jean-François Chevrier: Tampoco se encuentra esa ingenuidad
en la obra de Broodthaers; pero sí es común en lo que se
llama el arte conceptual.
Benjamin Buchloh: En Huebler y Weiner, sí, pero no estoy
tan seguro de que sea así en el caso de Dan Graham. Quizás
en la presencia pura que se expresa en sus performances de vídeo
de la época, con la total disolución de la dimensión
estética, establece la idea de una fenomenología pura, según
la cual todo el mundo puede ser espectador, en cualquier momento y sin
necesidad de preparación especial ni convenciones, y sin entender
las instituciones artísticas. También se trata de algo completamente
antiestético, razón por la que no tuvo una buena acogida.
Esto revela un radicalismo extraordinario que no sé si es marxista,
pero desde luego es un radicalismo fenomenológico que va mucho más
allá de lo que ha ido el minimalismo. Sin embargo, es interesante
relacionar este tema con el análisis del valor de uso. Otro aspecto
interesante en este contexto es que el énfasis en el valor de uso
como elemento contrario al fetichismo no encaja con la teoría de
Adorno de la abolición del fetichismo. Para él, en la medida
en que la obra de arte mantiene una relación mimética con
las estructuras de la alienación no puede nunca apelar a un valor
de uso que sea contrario a las condiciones fetichistas del valor de cambio.
Esto explicaría su profundo resentimiento hacia las prácticas
culturales politizadas.
Jean-François Chevrier: Lo que queda muy claro en el texto
de 1945 es que la autenticidad es la negación de la mimesis, de
la relación mimética, base de lo que Lacan llama la estructura
fundamental de alienación. Díganos, ¿cuál es
su opinión hoy de su trabajo de aquella época?
Benjamin Buchloh: Hay dos aspectos que me interesan y me intrigan.
Uno es la ingenuidad de aquella generación de mediados de los setenta
en su actitud hacia el mundo del arte y sus instituciones, una ingenuidad
que evidentemente nunca caracterizó a Broodthaers. El otro aspecto
es esa gran esperanza utópica, ese idealismo cristalino hacia lo
que un ejercicio radical del arte podía conseguir, que se percibe,
por ejemplo, en Buren. En sus escritos de los años 1968-69 este
artista afirma que, aunque no es el momento adecuado para abolir la institución
del museo, sí se puede, por lo menos, transformar nuestra forma
de percibir.
Jean-François Chevrier: Es evidente que ese periodo de
crisis e ingenuidad es positivo. ¡No quiero decir que se deba culpar
a nadie por la crisis! Sólo estoy tratando de señalar un
punto débil para evitar que se vuelva a reproducir.
Benjamin Buchloh: En Alemania nadie prestó atención
al texto de Debord de 1967 sobre la sociedad del espectáculo; no
sé cuándo se tradujo. Me pregunto hasta qué punto
nos hubiese ayudado a realizar desde el principio una crítica de
las estructuras de dominación cultural, en vez de creer en la posibilidad
de establecer un sistema cultural liberal que acercase las prácticas
estéticas a la política.
Jean-François Chevrier: Mirando atrás siempre es
fácil ver lo que se podría haber hecho mejor, pero creo quehay
dos cosas que no se tuvieron en cuenta en aquel entonces. Primero, lo que
ha mencionado usted y que queda bien patente con el énfasis en el
valor de uso, aunque no estoy seguro de que Debord esté totalmente
libre de esa ingenuidad. Por otra parte, está la idea que Foucault
empezó a desarrollar en los años setenta del poder como algo
productivo. Al explicar cómo el poder crea al sujeto, Foucault entiende
ese poder dentro del contexto del proceso de formación del sujeto.
Es Lacan visto por Foucault.
Benjamin Buchloh: Pero ni en Francia ni en Alemania se aplicó
nunca esa interpretación a la producción artística
contemporánea.
Jean-François Chevrier: Sí se aplicó. Broodthaers
leyó a Lacan y asistió a su seminario. También leyó
y comprendió a Foucault. Por eso es el artista de referencia de
esta documenta. Es evidente que no se deben equiparar sin más el
pensamiento de un artista y el de un teórico, pero en este caso
hay una identificación total con una filosofía de la que
ha desaparecido toda idealización del valor de uso. Broodthaers
desterró completamente esa idealización y la desmontó
utilizando un vocabulario marxista.
Benjamin Buchloh: No debemos olvidar que Broodthaers provenía
de un entorno cultural marxista ortodoxo; perteneció al Partido
Comunista Belga hasta 1951. Participó en el seminario de Lucien
Goldmann cuyo marxismo era mucho más tradicional que el de Althusser,
por ejemplo. Creo que, hasta finales de los sesenta, intentó reconciliar
su Marxismo con el estructuralismo de Foucault y Lacan, algo obviamente
difícil, por no decir imposible.
Jean-François Chevrier: Ese puede considerarse como uno
de los retos actuales: recapacitar sobre la contribución de Foucault
al marxismo, o bien sobre los cambios que introdujo en él. (Es interesante
observar que Balibar -un filósofo marxista que nunca se ha ocupado
de la dimensión artística- reconoce abiertamente su deuda
con las teorías de Foucault sobre la formación del sujeto,
que él desarrolla en relación con su idea de ciudadanía,
vista ésta desde la perspectiva histórica y contextual, que
asocia con el sujeto y por tanto con su formación).
Benjamin Buchloh: Estoy de acuerdo en que Broodthaers llevó
a cabo una crítica extraordinaria del arte conceptual. También
hay una crítica de Buren. Los dos eran muy buenos amigos a pesar
de las profundas diferencias en su forma de concebir el museo. Broodthaers
le da la vuelta a la crítica radical de Buren utilizando una dialéctica
más poderosa e introduciendo mayores ambigüedades. Broodthaers
era menos optimista que Buren sobre la posibilidad de abolir el museo como
institución. Por supuesto, yo no entendía a Broodthaers en
1970... Continúa siendo un enigma para mí. Yo veo a Broodthaers
en un punto intermedio entre Foucault y Habermas. Para él, el museo
todavía es la institución del público burgués
radical; no es una pura herramienta de poder, sino una institución
dedicada al conocimiento. Según él, el ejercicio artístico
contemporáneo debe acontecer fuera del museo. El lugar de producción
y el de reflexión histórica deberían estar separados.
Toda síntesis es peligrosa, porque la producción artística
actual está cada vez más ligada a la producción de
la cultura como industria, mientras que el museo está todavía
a salvo de esta industria.
Jean-François Chevrier: No creo que se pueda afirmar,
como hace Habermas, que Foucault denuncia sistemática y unilateralmente
los métodos de exclusión, (porque se centra en la exclusión,
no en la dominación). Lo que Foucault dijo fue que los métodos
de exclusión siempre van acompañados de un ideal. Habermas
hace una distinción entre el ideal en el ámbito público
burgués y la ideología burguesa al afirmar que el ideal conlleva
una promesa de transformación social, de superación de la
ideología. Foucault rechaza rotundamente esa distinción,
lo que no quiere decir que practique una crítica radical por sistema,
por ejemplo una crítica de las producciones imaginarias. Másque
sospecha sistemática, Foucault tiene confianza en lo imaginario.
Los espacios de exclusión son también espacios imaginarios,
como el barco de los locos de Historia de la locura en la época
clásica. Los espacios de libertad son también espacios
de confinamiento, y viceversa. Foucault expresa esta ambigüedad. Aunque
el poder produce sujetos, el sujeto que está dentro de las estructuras
de poder sigue siendo capaz de crear una subjetividad alternativa. Recordemos
su obra de 1967, donde contrasta la utopía con la heterotopía:
el «otro espacio». Me da la impresión de que Broodthaers
coincide plenamente con la noción de Foucault de la heterotopía
como alternativa a la utopía. La utopia es la idea de que se puede
inventar un sistema radicalmente diferente. Las heterotopías son
espacios ambiguos, donde el poder excluye pero donde también se
produce lo imaginario. Son lo que Foucault llama «enclaves de imaginación».
La ensoñación exótica de Broodthaers también
es así. Es consciente de que el exoticismo es parte de la ideología
colonialista, pero recarga estas representaciones ideológicas con
un imaginario. Quizás un imaginario de la emancipación.
Benjamin Buchloh: No estoy seguro de que se trate de emancipación.
Para Habermas, el museo y las manifestaciones vanguardistas son procesos
de emancipación, de ilustración. La heterotopía de
Foucault no es emancipación. Por eso resulta tan difícil
para el marxismo alemán aceptar la posición de Foucault,
porque no pueden concebir algo que va más allá de la emancipación.
No hay un Bataille en el pensamiento alemán que traduzca esa idea,
ni siquiera Adorno, que es el que más se acerca.
Jean-François Chevrier: En todo caso, usted parece pensar
que hay una dimensión de emancipación en Broodthaers, que
revelaría su lado marxista, procedente de Habermas... Volviendo
a su propio trabajo, me gustaría preguntarle algo sobre el estructuralismo.
Hasta donde yo sé, fue usted el primero en establecer una relación
específica entre las actividades artísticas de la época
de la que estamos hablando y las actividades estructuralistas tal y como
las describe Barthes en su famosa obra acerca de la «actividad estructuralista».
¿Cómo ve usted ese paralelismo entre actividades artísticas,
en particular las conceptuales, y los procesos mentales que describe Barthes?
¿Se limita tan solo al deseo ingenuo de reducir la obra de arte
a una estructura lingüística?
Benjamin Buchloh: Primero le contestaré de un modo biográfico.
Yo no «descubrí» a Barthes hasta 1972, gracias a Mark
Oppitz, que había hecho su tesis sobre Lévi-Strauss. En Berlín,
como ya he dicho, no existía el principio de realidad, mientras
que al llegar a Alemania Occidental en 1972 había que enfrentarse
bruscamente a una realidad. Para mantener una postura de activista marxista
en la región del Rhin tenías que ser o bien fuerte e ingenuo
o bien un mártir. Así que, cuando regresé, después
de haber pasado casi dos años en Londres huyendo de la presión
de grupo cada día mayor de los círculos desesperados del
anarquismo de izquierdas berlinés, «descubrí»
el estructuralismo. Lo digo con una cierta ironía hacia mí
mismo porque leer en 1972 Mitotogías, una obra escrita en
1957, no era realmente ningún descubrimiento. Pero era importante
observar cómo el lado brechtiano de Barthes se mezclaba con un análisis
muy específico, concreto y preciso del mundo contemporáneo.
Verdaderamente, el libro me fascinó: ¡Era mucho más
exacto que Dialéctica de la ilustración! Gracias al
modelo lingüístico, la práctica del estructuralismo
te permite entender la formación de la ideología y de la
comunicación con más exactitud que la que te permite el enfoque,
más general, de Adorno y Horkheimer a la crítica de lo ideológico.
Mi interés en el estructuralismo, mi identificación con él
en aquella época, similar a mi identificación con el arte
conceptual, lo motivaba el deseo de que fuera una práctica, más
que un rital académico. Fue otro intento de mi generación
de compatibilizar algunos proyectos políticos con prácticas
académicas o culturales. Aun estábamos convencidos de que
se trataba de una intervención cultural y política simultáneamente.
En aquella época la gran promesa para la historia del arte en Alemania
era el descubrimiento de la semiología estructural, que más
que una promesa fue una revolución.
Jean-François Chevrier: Barthes utiliza la expresión
«actividad estructuralista» haciendo referencia directa a los
surrealistas. Personalmente creo esto que es algo que tanto los estructuralistas
como los conceptualistas han dejado sin resolver. Barthes recuerda que
no se debe reprimir el surrealismo, algo especialmente cierto si tenemos
en cuenta que es el único momento en la cultura francesa en que
fue posible enfrentarse a las tensiones entre arte y política. Con
Sartre y el existencialismo, por ejemplo, hay una reducción del
arte. Tengo la impresión de que, como muchos otros dentro de la
tendencia conceptualista estructuralista, usted pasó por alto el
tema del surrealismo. ¿Cómo se puede hacer la pregunta del
arte y la política sin el surrealismo? En Francia sería ciertamente
imposible.
Benjamin Buchloh: Cuando enseñaba a mediados de los setenta,
me volqué con creciente dedicación en la investigación
del formalismo ruso y del arte soviético, y di clases sobre minimalismo
desde la perspectiva de la vanguardia rusa. No fue una coincidencia ya
que, aún entonces, a principios de los setenta, era un tema bastante
inaccesible. Es uno de los dos caminos que se pueden tomar para reflexionar
sobre arte y política: el surrealismo o la vanguardia rusa.
Jean-François Chevrier: ¿Pero, existe esa contradicción?
Benjamin Buchloh: No desde el punto de vista del historiador.
Pero desde la perspectiva de alguien que quiere desarrollar modelos de
participación en la realidad contemporánea, sí puede
existir. Para desarrollar una práctica como ilustración que
sea lo más accesible, igualitaria, radical, antiestética
e iluminadora posible, se usa el modelo lingüístico del arte
conceptual, el modelo del formalismo ruso y las manifestaciones del
Arbeiter-Korrespondenten Bewegung o del realismo factográfico
de Tretiakov. Y esto no se puede combinar fácilmente con el modelo
de subconsciente que desarrolla el surrealismo. Es posible, pero yo no
lo hice, ni nadie lo ha hecho hasta ahora.
Jean-François Chevrier: Cuando menos yo percibo una verdadera
intención de combinar el constructivismo (con el modelo soviético
de telón de fondo) y el surrealismo en la obra de Benjamin: Le Corbusier
y Breton, etc. Esta fusión fue políticamente muy importante
para la historia de las vanguardias de entreguerras, como apoyo para engranar
los procesos de formación del sujeto y las estructuras de poder.
El surrealismo subrayaba la dimensión del subconsciente, y por tanto
del sujeto. ¿Cómo se puede entender a Lacan sin el surrealismo?
Por último, olvidar esa dimensión supone olvidar completamente
ramificaciones de esa historia, por ejemplo toda la vanguardia centroeuropea.
Es permanecer en la trilogía Francia, Rusia, y Alemania, olvidando
que también existían las vanguardias de Checoslovaquia y
Hungría, donde eso tan chocante que estamos descubriendo es precisamente
la fusión del constructivismo con el surrealismo. Una figura como
la de Karel Teige es muy interesante.
Benjamin Buchloh: Me pregunto qué fue lo que provocó
esa actitud de sospecha hacia el surrealismo en Alemania después
de la guerra. En los setenta se redescubrió a Magritte, a Max Ernst
y a Breton después de que éste aceptara la pintura, lo que
ya es una justificación inicial de la crítica o el distanciamiento,
porque la pintura de Magritte y Ernst no me interesaba en absoluto en aquella
época. Lo que sí me interesaba era Duchamp y algunos aspectos
del dadaísmo. Pero tiene razón, hoy en día las nuevas
generaciones están esforzándose por entender la célebre
cita de Benjamin sobre Le Corbusier y Breton.
Catherine David: A ese respecto hy que decir que esa cita resalta
dos aspectos. Por un lado, las privilegiadas, si bien algo sutiles, relaciones
entre arquitectura y literatura, mucho mayores que con las artes plásticas,
y , por otro lado, el hecho de que lo mejor del surrealismo se dé
en literatura, no en las artes plásticas.
Jean-François Chevrier: Para mí lo mejor del surrealismo
en las artes plásticas forma una especie de triángulo. En
primer lugar, la fotografía surrealista, y en especial lo que se
puede llamar el «documento poético». Desde el romanticismo,
la figura de la contradicción en los términos, que iguala
dos opuestos, es una imagen privilegiada dentro de la vanguardia. En segundo
lugar, el cine, que es muy importante en el plano de la utopía social
pero también en el plano hedonista: el cine es el momento de dejarse
llevar, del placer del subconsciente. El cine para los surrealistas contiene
el principio de placer, a través de la apropiación y desviación
[détournement] de la diversión popular. Existen escritos
magníficos de Breton sobre su forma de consumir películas,
la entrada a la sala, la salida, entrar de nuevo. Cuando Christian Metz
compara en su libro Psicoanálisis y cine: el significante
imaginario ver una película con la ensoñación
(contrastando este término con el término soñar) describe
perfectamente la oscilación surrealista entre el principio de realidad
y el principio de placer, entre el despertar y el sueño, el estado
hipnagógico, aunque, por extraño que parezca, no menciona
a los surrealistas. Es decir, que el cine es placer, pero también
es política, es el espacio en que se dan simultáneamente
placer y revolución. Los surrealistas conocían el trabajo
de los realizadores rusos, conocieron a Eisenstein cuando visitó
París, igual que a Rodchenko, aunque sólo fuera porque muchos
de los surrealistas eran marxistas. Así que el triángulo
lo forman fotografía, cine y política. Lo importante no es
la pintura sino la imagen. La fotografía en su relación con
el cine es una forma más importante de concebir la imagen porque
es más política. Con esto nos acercamos más al aspecto
del constructivismo que a usted le interesa. Las similitudes con el constructivismo
se pueden apreciar si se fija uno en la dimensión política
del surrealismo en lugar de ver este movimiento desde una de esas nuevas
perspectivas que han surgido en el ámbito de las bellas artes de
la lectura desvirtuada de la obra de Bataille. Usted ha escrito sobre el
constructivismo como una perspectiva política que se utilizaba en
los sesenta, y que quizás no se aprovechó lo suficiente y
se podría haber utilizado mejor. ¡Necesitamos hacer lo mismo
con el surrealismo! Su obra no era tan sólo la de un historiador
del arte, sino que era además un texto político que proclamaba
que se debía continuar con lo que se había comenzado en los
sesenta. El surrealismo del que hablo se debe redefinir, se debe volver
a reflexionar sobre él, y llevarlo más allá del concepto
de lo imaginario de Breton, del mismo modo que Benjamin llevó el
constructivismo más allá de la imagen que lo reducía
a un formalismo geométrico, a una variante de las bellas artes.
Catherine David: Cuando se pregunta las razones por las que unas
figuras le han interesado más que otras, es porque es usted un historiador
del arte, por supuesto, pero, sobre todo, porque es usted un crítico,
alguien interesado en los modelos de intervención. Y no había
mucha gente en aquella época que se preguntase lo que usted se preguntó;
aparece en los diálogos de André-Frampton, en los escritos
de Robert Morris... La represión de la vanguardia no es tan solo
el resultado de un trauma como sucede en Alemania.
Jean-François Chevrier: Se trata evidentemente de la represión
de una utopía social, pero creo que cuando el surrealismo se reprime
o se reduce a una alternativa de las bellas artes utilizando pretextos
derivados de una lectura de Bataille, se produce una considerable reducción
del subconsciente, del principio de placer, de todo lo que se desplegaba
en las elaciones de los surrealistas con el cine. De nuevo se trata del
proceso de formación del sujeto. Por supuesto, tanto los surrealistas
como los constructivistas comprendieron la necesidad de la revolución,
pero también la necesidad de cambiar a los hombres y las mujeres
que la protagonizan.
Benjamin Buchloh: Aún sigo buscando una repuesta a su
pregunta sobre mi falta de interés en el surrealismo. Se podría
achacar a un efecto secundario del prejuicio antifreudiano que ha caracterizado
en general a la Alemania de posguerra. O quizás (o además)
a una extensión del escepticismo o postura crítica hacia
la pintura que marcó mis intereses estéticos en los sesenta.
También es la sospecha de que la publicidad de posguerra explotó
con demasiada rapidez el movimiento. Aunque todas estas razones son parcialmente
correctas, también son muy simplistas. Desde luego es cierto que,
desde 1968, lo político ha estado definido para mí como la
transformación de la propiedad, de los sistemas de producción,
más que como una transformación del subconsciente. Además,
siempre he pensado, especialmente en la época del arte conceptual,
que la actividad estética no se centra principalmente en el subconsciente.
Igual que Broodthaers, no lograba comprender que la estética implica
la constitución del «ser», del sujeto (que no coincide
con el subconsciente típicamente freudiano). Es verdad que si analizamos
las manifestaciones artísticas de los setenta, como por ejemplo
la obra de Richter o de Ryman, que tuvo una gran influencia en mi reconsideración
de la pintura, ninguno de ellos se planteó el tema del surrealismo.
Yo no entendí la pintura a través de Pollock. De esa generación
me interesaba más Barnett Newman. Para mí la obra de arte
se basa, paradójicamente, en un modelo de comunicación, una
comunicación muy compleja y contradictoria; opaca, hermética
y esotérica, una comunicación de resistencia y oposición,
de crítica negativa. No se basa, por tanto, en el modelo de una
intervención libidinal o de una intervención en las estructuras
subconscientes de formación del sujeto. Este modelo siempre me pareció
incompleto. Entonces lo hubiera llamado mentalidad «pequeñoburguesa»,
pero ya no pienso así. Admito todo esto con un cierto asombro, pero
teniendo en cuenta la crítica de Debord al surrealismo y la de Buren
¿no era bastante normal criticar el surrealismo en los sesenta?
Jean-François Chevrier: Sí, porque hay buenas razones
para esa crítica. Por ejemplo, si tomamos la carta de Artaud a Breton
en la que se negaba a participar en la exposición que éste
había organizado en 1947, y en la que Duchamp tampoco tomó
parte, hay que decir que aquélla fue la crítica más
inteligente, radical y definitiva jamás hecha contra el surrealismo.
Artaud concluye declarando que lo que le interesa es la realidad del trabajador,
que contrasta con el interés de Breton por la magia y el fetichismo
de la mercancía. No sé si Broodthaers leyó esas cartas
que se publicaron en 1968 en la revista lEphémere. Esto se
puede comparar tanto con la crítica de Broodthaers a Beuys como
con la de Beuys a Duchamp. Son una síntesis de estas dos críticas,
ya que denuncian tanto la magia como la ocultación del trabajo.
En todo caso, el surrealismo y todas sus relaciones de conflicto son más
interesantes que la norma representada por Breton.
Benjamin Buchloh: ¿En qué artista de los sesenta,
de los setenta o incluso de los ochenta se da una prolongación evidente
y persuasiva del surrealismo?
Jean-François Chevrier: Maria Lassnig, Eva Hesse.
Benjamin Buchloh: El subconsciente está presente
en su obra, sin duda, pero es un surrealismo visto desde el punto de vista
de Pollock, reconstruido de forma muy compleja. Es difícil encajar
a Eva Hesse dentro de una tradición surrealista.
Jean-François Chevrier: Ahora me doy cuenta de lo que
quería decir con su pregunta. ¡De haber sabido que se refería
a una tradición surrealista no hubiera podido darle ningún
nombre! Pero no se trata de mantener n tipo de tradición estilística.
Por ejemplo piense en la obra de Eva Hesse: toda su evolución, lo
que plantea desde el principio es, en el fondo, surrealista. Creo que la
corriente estructuralista conceptual ha estado ocultando el surrealismo,
y es por ello por lo que nos cuesta encontrar a muchos artistas... En cualquier
caso, sabemos que es mejor buscar en dibujo que en pintura.
Benjamin Buchloh: ¿Ve ejemplos dentro de las manifestaciones
artísticas contemporáneas que hagan referencia al surrealismo?
Jean-François Chevrier: Mike Kelley me ha interesado bastante
durante los últimos años. Hace referencia explícita
a ese aspecto surrealista que tiene ecos en la subcultura americana. Yo
soy un intelectual francés, o sea que no puedo tomar parte en la
subcultura de un artista de la Costa Oeste americana, pero sí pude
detectar ese aspecto inmediatamente.
Benjamin Buchloh: ¿Cuál es la posición de
Jeff Wall?
Jean-François Chevrier: Es otro ejemplo. El humor negro
es esencial para él. Por supuesto, se halla más cercano al
pensamiento europeo. Ahí radica la fuerza del surrealismo, en su
extensísima zona de influencia, que se extiende, por ejemplo por
toda Latinoamérica.
Catherine David: En eso estaba pensando cuando mencionó
Europa Central. Pero no se puede ignorar la capacidad de apropiación
de la red surrealista. Al ser bastante limitadas las estrategias de teorización
locales, el surrealismo se introducía sin problemas. El desarrollo
consiguiente de esta influencia sólo cobraba importancia cuando
venía de la mano de alguien como Octavio Paz en México, por
ejemplo. Pero no hay ningún escritor argentino que pueda ser considerado
surrealista. Brasil es más modernista que surrealista.
Jean-François Chevrier: Pero, ¿cómo podría
existir el Museo del Subconsciente sin el surrealismo?
Catherine David: La categoría del subconsciente está,
por supuesto, vinculada al surrealismo, pero también a la cultura
del psicoanálisis y de la psiquiatría. En el Brasil de los
años veinte y treinta se prestaba una tremenda atención al
tratamiento de los enfermos mentales, se redactaban y archivaban documentos.
La institución a la que se llamó Museo del Subconsciente
aún conserva esos archivos.
Jean-François Chevrier: ¿Se puede comparar este
proyecto al Museo de Arte Brut? ¿De qué modo?
Catherine David: Los dos están muy unidos, pero, para
empezar, el Museo del Subconsciente es más antiguo, y además
está directamente relacionado con el ejercicio de la psiquiatría.
Los archivos los creó una mujer en uno de los dos hospitales psiquiátricos
que existían en Río. Su labor fue increíblemente innovadora,
y cuando Mario Pedrosa ideó el proyecto de un museo de cultura brasileña,
intentó integrar esos archivos en un sólo complejo que comprendiese
los cuatro componentes principales de la modernidad brasileña: Europa,
las culturas indígenas, el arte popular, y el subconsciente. Hoy
en día sólo se conservan el Museo Indígena y el del
Subconsciente, pero el proyecto es característico por la manera
en que acerca elementos aparentemente heterogéneos. El movimiento
antropofagia, representado por ejemplo en la Semana de Arte Moderno de
Sao Paolo celebrada en 1922, contribuyó de modo decisivo a una forma
específica de entender la cultura brasileña, una forma antropofágica,
que digiere y recicla su propio legado. El modernismo brasileño
se niega a copiar, a ser una repetición del modernismo italiano,
a pesar de los vínculos familiares que unen a algunos artistas tanto
con Brasil como con Italia. El tropicalismo de los sesenta es una repetición
dinámica del movimiento que surgió en los años veinte.
Jean-François Chevrier: Está sugiriendo que la
dialéctica entre constructivismo y surrealismo es algo totalmente
ajeno a Brasil. ¿No sería el movimiento antropofágico
un punto de fusión?
Catherine David: La cultura de Brasil se caracteriza por la ingestión
y la digestión, se alimenta de los indios, de los portugueses, de
los japoneses (Sao Paulo cuent con el mayor número de habitantes
de origen japonés del mundo después de Tokio). La asimilación
es la norma, en el sentido digestivo de la palabra. Todo se mezcla: las
contribuciones de los antropólogos, de los pensadores, de los escritores,
así como las influencias del interior del país. Todos estos
elementos dan forma a una sociedad muy compleja. Al contrario que en Estados
Unidos, la contribución de los negros se considera algo muy positivo.
Jean-François Chevrier: En el caso de Brasil, la dialéctica
europea entre el pueblo y las minorías parece que se transforma
totalmente: el pueblo parecen formarlo las minorías.
Catherine David: Pero la idea de la formación de una cultura
nacional es tan fuerte que las minorías no se han empezado a ver
a sí mismas como minorías explotadas hasta hace muy poco.
Y, en realidad, los negros no son una minoría sino más bien
una mayoría.
Benjamin Buchloh: Lo que quiere decir que una «minoría»
no se define según las estadísticas sino en términos
económicos y culturales.
Jean-François Chevrier: Aparecen dos movimientos opuestos,
o quizás complementarios. Por un lado, el llamado fenómeno
de "brasilización": un extraordinario cisma social que plantea abismales
diferencias en el nivel de vida. Por otra parte, el fenómeno de
la fusión que ha triunfado en Brasil habiendo fracasado en Estados
Unidos. ¿Cómo se combinarían estas dos dimensiones?
Catherine David: Hispanoamérica es más marcadamente
católica, y como tal presenta una mayor oposición a las mezclas.
Brasil estuvo colonizada por los portugueses, que eran un pueblo menos
estricto en su relación con las leyes que los españoles.
Brasil no es un país monumental, el orden vertical siempre acaba
siendo anulado por el horizontal. Es el país del rizoma, de la extensión.
Las fronteras no están definidas: está la costa, y por otro
lado el «interior». Es un país sin memoria, sumergido
en lo inmediato, en la destrucción permanente. Es lo que Oiticica
denominó la "diarrea brasileña". En la ley no existe la discriminación
racial, el color de la piel no se menciona jamás. Y sin embargo,
está el discurso paternalista del «país de las tres
culturas» que hace hincapié en los negros: los negros son
la noche, son los que cocinan bien y no tienen prisa. Este estereotipo
debe ponerse en tela de juicio hoy en día.
Jean-François Chevrier: Hemos estado intentando distinguir
entre las manifestaciones artísticas que requieren la participación
popular y otras más controladas. Este debate nos puede ser útil
al darnos una referencia externa. Brasil nos presenta una imagen de extraordinaria
síntesis en el campo de la magia, un ámbito de expresión
típica a la vez del arte popular y de la alta cultura, a la vez
física y adulterada. La bossa nova es un ejemplo perfecto. Llama
la atención ver como artistas tremendamente sofisticados que provienen
de la poesía concreta, con referencias a Mallarmé, trabajan
a su vez con cantantes y músicos y mezclan todo con ordenadores.
Catherine David: Pero hay que ser cautos al hablar de la bossa
nova, que, al contrario que la samba, nunca fue una manifestación
popular, aunque se haya convertido en eso después. Hay una gran
polémica al respecto: para algunos la bossa nova es una música
de la élite para la élite, mientras que para otros es un
aspecto de la música brasileña. Funciona con un principio
de discordia, siempre se desarrolla desde ángulos extraños
y es muy difícil de tocar y de cantar, aunque transmita una sensación
de sencillez. Pero en todo caso, es evidente que la música popular
brasileña es siempre el punto de unión de la élite
y el pueblo.
Benjamin Buchloh: ¿No deberíamos reflexionar sobre
las condiciones políticas o geopolíticas que dan lugar a
esa síntesis? Creo que en Europa son extremadamente diferentes.
Por ejemplo, ¿quién representa al pueblo francés hoy
en día?
Jean-François Chevrier: Hoy en día existe un claro
obstáculo: los discursos nacionalistas y racistas se pueden apropiar
del pueblo. Es más, estamos en una situación postcolonial
donde el modelo de una sociedad de fusión se está considerando
muy seriamente en Francia. Hasta hace poco hemos vivido con un modelo republicano
en el que la integración se concebía como un proceso de "asimilación"
a la mayoría. Este modelo se ha convertido en algo impracticable
hoy en día, lo que hace que los actuales debates sobre inmigración
sean tan interesantes: en estos debates se pone en tela de juicio la definición
homogénea del término peuple. Es por ello por lo que
la perspectiva brasileña es tan importante. Introduce elementos
completamente novedosos en el debate francoalemán, como la definición
del pueblo en su heterogeneidad, en vez de a través de una identidad
nacional homogénea, o al otro extremo, como una nación irremediablemente
multicultural y fragmentada.
Benjamin Buchloh: Debemos tener cuidado en este debate con la
forma en que nos deslizamos continuamente entre definiciones de lo que
es el pueblo: étnica, política, económica, geopolítica...
Elegir uno u otro de estos niveles de definición tiene un impacto
inmediato en la definición de la cultura y su producción.
¿A qué nivel podemos introducir la idea de una cultura pública?
¿Al nivel de una minoría revolucionaria, como sugieren algunas
estrategias postcoloniales, o al nivel de la resurrección de la
nación, como preferirían algunas fuerzas conservadoras francesas,
o, por otro lado, en torno a ciertas tradiciones lingüísticas?
Vamos a reconsiderar la situación de Alemania tras la guerra. En
aquella época el concepto de nación definida por medio de
su pueblo se había convertido en algo definitivamente imposible
debido a la experiencia del fascismo. Tanto la esfera del público
burgués como la potencial esfera de un público proletario
se habían empezado a transformar en lo que, desde 1947, se dio en
llamar muy acertadamente la esfera de la industria cultural, o lo que Hans
Magnus Enzensberger más tarde llamaría "la industria de la
conciencia". Esta situación, con el modelo americano como principal
influencia, es muy diferente, por ejemplo, a la italiana o la francesa,
en las que se mantenía la importancia de actividades e instituciones
que buscaban la participación colectiva de los ciudadanos o del
pueblo, a pesar del hecho de que la industria cultural se desarrolló
en estos dos países también, aunque de modo más lento
y menos efectivo. Sería importante, llegados a este punto, tener
en cuenta la situación en Gran Bretaña, en particular las
manifestaciones de arte visual en el entorno del Independent Group, que,
de nuevo, presentaba una configuración diferente. Se pretendía
que las manifestaciones más tempranas del arte pop de mediados de
los cincuenta fuesen la solución al antiguo conflicto entre clases
que siempre se había representado en la cultura. Se concibió
como una vía a la construcción de un nuevo arte popular.
La identificación con la iconografía de la cultura de masas
se percibía como un agente crítico y no como un apoyo a la
cultura de masas. La ingenuidad del Independent Group radicaba en su intento
de usar la cultura americana de masas como un medio para liberar el ejercicio
artístico de la influencia burguesa de la alta cultura. Paradójicamente,
no se dieron cuenta de que esto no haría más que acelerar
la alianza entre la industria cultural y la nueva vanguardia.
Jean-François Chevrier: Hay una fuerza negativa en la
cultura de masas como la hubo más adelante en el arte pop, en su
relación con los valores burgueses. La relación entre esta
capacidad negativa de la cultura de masas en la posguerra y las primeras
vanguardias subversivas (en especial el dadaísmo) se percibirá
como más o menos fuerte dependiendo de la influencia de la tradición
crítica en un determinao país. En Gran Bretaña el
uso artístico de la cultura de masas es mucho más directo
y está menos relacionado con el dadaísmo que en Francia,
donde cuenta con la tradición de Duchamp y los Nouveau Réalistes,
o en Alemania, con la tradición de la Kulturkritik. Después
de todo, la noción de cultura pop en Inglaterra está relacionada
sobre todo con la música. Es mucho más directa y toman parte
en ella los jóvenes proletarios afectados por la crisis industrial
de las grandes ciudades como Manchester y Liverpool. La atracción
de esta fuerza negativa se ve reforzada por el arcaísmo de una sociedad
que conservaba, más que ningún otro sistema social europeo,
una jerarquía social antigua heredada de la industrialización
de las clases altas.
Benjamin Buchloh: Es importante darse cuenta de que, incluso
en los sesenta, el arte pop inspiró teorías radicalmente
distintas de diversos autores. La izquierda de los sesenta consideraba
el arte pop como la última ola del imperialismo americano en Europa.
Esta postura se articuló descuidadamente, pero otra postura, muy
bien formulada en un artículo de Andreas Huyssen llamado La política
cultural del pop, explicaba que la izquierda alemana percibía
la presencia del pop en su país como señal de un cambio en
las instituciones y en el discurso estético burgués, un cambio
producido por medio de una desublimación revolucionaria del arte.
Incluso dentro de la izquierda se formaron dos posturas opuestas. Ocurrió
algo similar en el ámbito italiano. Por un lado, algunos consideran
el pop como el último eslabón de una conspiración
ideológica, de cuyo éxito depende la victoria del plan americano
de dominación. Otros lo perciben como una fuerza revolucionaria,
una subversión de las instituciones tradicionales, lo que Marcuse
llamó desublimación subversiva. Quizás Alemania formuló
esta contradicción de forma especialmente rápida, intensa
y manifiesta porque de los países europeos era el que se había
americanizado en mayor grado. Durante los sesenta, alcanzar un grado de
identificación con la fiebre de consumo que dictaba el modelo americano
era parte del proyecto alemán de posguerra, que consistía
en identificarse con algo que no fuese la historia alemana. El grado de
americanización queda bien patente, por ejemplo, en la intensidad
con la que Ludwig importaba arte americano a Colonia. En principio se trataba
de reprimir la cultura de vanguardia del periodo de Weimar; después,
de dar fin a cualquier esfuerzo por revisar la historia del fascismo y
del periodo de posguerra, y por último de volver a dar forma al
país según el patrón internacionalista de consumo.
Es decir, que hay que distinguir claramente entre la producción
artística y su recepción. Lo que los alemanes hicieron del
arte pop no refleja necesariamente su significado real. No existe un solo
arte pop. El pop se recibió de un modo totalmente distinto en Francia
y en Alemania.
Jean-François Chevrier: Llegados a este punto tengo una
pregunta relacionada con su propia historia intelectual. Se refiere a la
oposición que usted establece entre el producto y el objeto artístico.
Lo que interesó a los artistas pop, en particular a Warhol, fue
el producto, la imagen del producto, de la marca. La idea de "marca" era
algo nuevo, no se dio con tanta fuerza durante el periodo de entreguerras.
¿Forma parte el producto, como término opuesto al objeto
artístico, de la estrategia antiburguesa de la desublimación?
¿Asociaban los intelectuales de la izquierda alemana, como usted
y Huyssen, el concepto de producto con la idea de producción tal
como hizo Benjamin?
Benjamin Buchloh: Una de las interpretaciones de la obra de Warhol
en Alemania es el resultado, paradójicamente, de una profunda influencia
de Benjamin. Se percibía a Warhol como el único artista de
posguerra que tradujo la idea de arte en la era de la reproducción
técnica. El hecho de que se trataba de la imagen de un producto
y no de una reflexión sobre la actividad de producción no
se tuvo en cuenta.
Jean-François Chevrier: Warhol mism es la imagen del artista
como productor. Aquí surge algo interesante: el producto contrastando
con el objeto, siempre y cuando el objeto sea autónomo, precioso
y se convierta en fetiche.
Benjamin Buchloh: En principio, ese ya era el paradigma del
readymade. Para darse cuenta de cómo veía la gente de
izquierdas la obra de Warhol, recuerde cómo Buren, Toroni, y Parmentier
se basaron explícitamente en Warhol en sus primeras presentaciones
en la Bienal de París de 1967. En una entrevista reciente con Michel
Claura, admitió que su primera exposición de carteles, fotos
de carnet, y carnets de identidad fue una presentación anónima
movida por un ideal de creación en serie surgido del espíritu
de la Factory. Después Buren se distanció, pero al principio
su obra se inspiraba consciente y deliberadamente en Warhol. En cada entorno
se recibe a Warhol de modo distinto. Si le hablas de Warhol a Haacke, todavía
te dirá que es el enemigo. Odia a Warhol porque representa para
él lo peor del arte americano contemporáneo. Para él
es el último eslabón en la transformación de la institución
del arte en la institución de la industria cultural...
Jean-François Chevrier: En eso no se equivoca tampoco.
Benjamin Buchloh: No, es cierto. Warhol es el primer artista
de posguerra que deja claro, de modo mucho más radical que Yves
Klein, que la fusión entre la esfera tradicional de la vanguardia
y la nueva esfera de la industria cultural era inevitable. Warhol hizo
de esto su programa y lo puso en práctica. Ahora nos enfrentamos
a las consecuencias y no podemos echarle en cara al mensajero el mensaje.
Jean-François Chevrier: Usted dice que el producto ya
está presente en Duchamp. Pero ahí no aparecen las imágenes
de marcas. Las imágenes readymade no son imágenes
de productos, son objetos técnicos, objetos de consumo... La misma
ambigüedad aparece en la obra de Walker Evans; la idea del objeto
artesano permanece, o al menos la idea del objeto. Warhol llega hasta el
simulacro, vaciando el objeto de todo contenido. Lo que se exhibe es una
imagen tridimensional.
Benjamin Buchloh: Creo que lo que se puede reconstruir es la
transición de valor de uso, que engloba tres generaciones, de Picasso
a Duchamp y a Warhol. En Warhol, lo que está en el núcleo
de la construcción del objeto no es el valor de cambio, sino el
valor de cambio del signo, el simulacro. ¡Por una vez Baudrillard
tiene razón!
Catherine David: Hay una etapa en la obra de Duchamp a la que
a menudo no se le presta atención, es la de la asistencia prefabricada:
objetos muy cercanos a su forma habitual pero que han sido ligeramente
alterados... Duchamp evidentemente nos interesa más que Warhol,
pero no nos debemos desentender de toda contingencia histórica.
Es evidente que Duchamp está más cercano a Mallarmé
que Warhol.
Jean-François Chevrier: Foucault conocía la obra
de Mallarmé muy bien, pero escogió escribir sobre Roussel,
el verdadero punto de referencia de Duchamp. Duchamp también conocía
la obra de Mallarmé, pero al elegir a Roussel escogió lo
vulgar, y es ahí donde radica su modernidad. Robe-Grillet empezó
con Roussel que para él era un autor vulgar, vulgar según
la distinción entre las lenguas vulgares y la lengua noble, el latín.
Lo extraordinario en Broodthaers es que comienza con la vulgaridad y más
tarde vuelve a actualizar a Mallarmé. Es un toque de genialidad
y un golpe contra Wagner y Beuys. Contrasta a Wagner y Mallarmé,
del mismo modo que Mallarmé se opuso a Wagner. Es una configuración
muy precisa que converge con nuestro debate acerca del pop.
Benjamin Buchloh: La actitud de Broodthaers hacia Warhol es evidentemente
muy ambivalente. Escribió una carta abierta cuando dispararon a
Warhol: «Amigos, lloro junto a vosotros por Andy Warhol» pero
termina la carta con una afirmación tremendamente ambivalente: "no
debéis sentir que os habéis quedado sin existencias antes
de que os compren". En uno de los primeros textos de Broodthaers, que escribió
cuando el pop apareció por primera vez en Bruselas, an daba muestras
de entusiasmo de un modo característico en los artistas de izquierdas.
Poco después su actitud cambiaría completamente, algo característico
en la Europa de la época.
Jean-François Chevrier: Con esto llegamos a 1978, un momento
de cambio. Hoy en día no sólo preferimos a Duchamp y Broodthaers
por su radicalismo, sino porque poseen una ambigüedad que no se da
en Warhol. Tanto el peligro que representan los efectos represivos que
la radicalización dialéctica puede provocar como la toma
de conciencia de la necesidad de ambigüedad se hicieron patentes en
1978, incluso en América del Norte, al menos para dos artistas:
Jeff Wall con su Destroyed Room -obra con la que inicia su reconstrucción
crítica de la tradición pictórica- y Dan Graham con
su primer pabellón, con el que contradice su anterior rechazo del
objeto de arte y el monumento. Lo radical ya no es posible, ya que trae
consigo efectos opuestos a los que busca. De hecho, 1978 señala
el momento en que la crisis que se había estado desarrollando desde
finales de los sesenta dejó de tener efectos positivos. Se podría
hablar de una "crisis de la crisis" que presentaba tres aspectos principales.
El primer aspecto es el fracaso del llamado "comunismo real", un fracaso
que el testimonio de los disidentes del Este hace incuestionable (testimonio
que el Oeste pronto explotó con el fin de proclamar la muerte del
marxismo); el segundo aspecto es la conversión de los experimentos
sociales alternativos en fijaciones de grupos de identidad, y el tercer
aspecto es el descubrimiento por primera vez de la ingenuidad que había
caracterizado a las alternativas liberales, a los revolucionarios maoístas,
a quienes apoyaban las causas del tercer mundo, y también a nosotros
mismos que nos dedicábamos al arte y a la vanguardia radical. Era
posible seguir fingiendo en casi todos estos campos (excepto quizás
en el maoísmo), pero, en el ámbito de la vanguardia, dos
artistas que provenían del conceptualismo radical norteamericano,
Dan Graham y Jeff Wall, marcaron la transición.
Benjamin Buchloh: Yo veo todo esto muy claro en la obra de Jeff
Wall, pero menos en los pabellones de Dan Graham. 1978 es el momento exacto
en que las nuevas generaciones introducen esa ambigüedad como el proyecto
de su propia producción. Por otra parte, esa época marca
el regreso de la pintura a Italia, y el movimiento del neoexpresionismo
en Alemania. Es el momento en que un artista como Kiefer llega al mundo
del arte internacional, pero en particular a América, precisamente
porque puede articular esa ambigüedad. Pero no la articula como tal,
sino que retrocede en la historia. La pintura neoexpresionista presupone
que el museo es aún accesible y que todavía se puede concebir
el objeto integrado...
[Traducción: Carolina Díaz] |